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Encantamiento

Papaíto Piernas Largas (2018), de  Paul Gordon (música y letras) y John Caird (libro). Dirección: Lía Jelín. Codirección: Matías Strafe. Intérpretes: Juan Rodó y Ángeles Díaz Colodrero. Músicos: Santiago Rosso, Benjamin Baez y Christian Fresno. Escenografía y vestuario: Vanesa Abramovich. Iluminación: Matías Canoty y Mario Gómez. Sábados, a las 21 hs; y domingos, a las 20 hs. Cultural San Martín.

“Observa Stevenson que hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto”.

Jorge Luis Borges.

(Prólogo a Ensayos y diálogos, de Oscar Wilde)

  

En no pocas oportunidades se ha hablado de que menos es más; no siempre resulta tan sencillo como aquí comprobarlo. El nuevo musical del icónico Drácula de los escenarios argentinos, Juan Rodó, sorprende por su simpleza (que oculta un engranaje ajustadísimo) y efectividad. El espectáculo, además de elecciones acertadas en diferentes aspectos que lo componen, esconde bajo su manga un as de esos que consiguen ganar cualquier partida: Ángeles Díaz Colodrero. La joven actriz, en su primer protagónico importante, representa con la versatilidad propia de una veterana de las tablas a la tan querida huérfana Jerusha Abbott, personaje mítico de la literatura infanto-juvenil desde hace más de un siglo.

Luego de una suerte de prefacio titulado “Miércoles triste”, en el que Jerusha retrata las desventuras de los huérfanos del Hogar John Grier, Jean Webster −sobrina de Mark Twain y, al igual que él, reconocida autora americana− escoge para Daddy-Long-Legs, tal es el título original, la forma epistolar. Aunque se haya intentado muchas veces con este libro, tal modalidad escritural no es cosa fácil de transponer a otro lenguaje artístico (mucho menos a la pintura, aunque Dalí haya titulado un cuadro suyo “Daddy Longlegs of the Evening-Hope!”). Sin embargo, Gordon y Caird, experimentados hacedores de musicales, lograron captar su singularidad: cómo la escritura puede servir para realmente conocer y amar a alguien.

Ambientada a principios del 1900, la obra gira en torno a dos únicos actores: Díaz Colodrero y Rodó interpretan más de veinte canciones en casi dos horas de función, solo acompañados en vivo por tres músicos. Apenas menor que Fred Astaire cuando hizo el mismo personaje en el cine, Rodó deja ver en su composición de Jervis Pendleton, exponente de la upper-class de Manhattan, la indiferencia inicial hacia aquella a quien ayuda, el paulatino pero creciente interés y, finalmente, el abandono de cualquier rigidez y su entrega amorosa. La huérfana desconoce tanto el nombre como el rostro de su benefactor y solo ha logrado ver su sombra agigantada sobre un muro. Por ello, cuando comienza a escribirle mensualmente como contrapartida de la educación universitaria pagada por aquél, decide llamarlo jocosamente Papaíto Piernas Largas. Es así como encabeza toda la correspondencia unilateral mantenida durante sus cuatro años de estudio, que constituye el alma tanto del libro como del musical. Estos dos personajes, salvo cuando un Jervis encubierto se introduce en la vida de la muchacha, habitan universos separados. Atrás, asentado en una escenografía preciosa y recargada, en la que las paredes se encuentran cubiertas de grandes bibliotecas llenas de libros, el mundo de Jervis es el de la lectura de las cartas recibidas. Adelante, compuesto solo con baúles, que hacen las veces de orfanato, universidad, Gran Manzana o granja de vacaciones, se encuentra el de Jerusha cuyo centro es la escritura de esas cartas.

Bajo la dirección de Lía Jelín, la puesta local agudiza el trabajo con las dicotomías presentes en la novela, como por ejemplo rico/pobre, joven/viejo, niña/mujer, lectura/escritura, educación/ignorancia, femenino/masculino, sencillez/presunción, a partir de pares algunas veces contrastivos, otras, suplementarios. Sin necesidad de tramoyas ni decorados fastuosos, en un espacio escénico y una sala que invitan a la intimidad, la riqueza del sector posterior del escenario, manifestada con unos pocos recursos de utilería, se opone a lo espartano de la parte anterior transitada por la protagonista y convertida a fuerza de magia teatral en muchos espacios distintos. Por otra parte, la voz profunda y barítona de Rodó, acompañada por una postura física erguida y robusta, es envuelta por la voz dulce y melodiosa de Díaz Colodrero, cuyo andar juguetón y grácil recuerda a un saltamontes.

La redacción de las cartas por parte de ella y la lectura de esas misivas por parte de él se fusionan sin discordancias en temas musicales que, de forma paulatina, van ganando tanto en intensidad como en expresividad. Las versiones locales de las canciones “Things I Didn’t Know” o “I Have Torn You from My Heart” son claros exponentes del atractivo del musical, de su perfecto ensamble entre músicos y cantantes, y de la calidad de sus intérpretes. El crecimiento físico e intelectual de Jerusha, su simpatía por algunas ideas del comunismo, su reclamo por el derecho al sufragio femenino, sus ansias de conocimiento se encarnan en la protagonista. Dúctil y de una tesitura cautivadora, Díaz Colodrero muestra en su actuación y en su canto –dos facetas de lo mismo, aspecto que se supondría habitual en el musical y que, sin embargo, no lo es tanto− este tránsito de su personaje de niña a mujer sin desentonar jamás. La joven se luce y Rodó deja y propicia que se luzca.

A diferencia de otros espectáculos que ofrecen despliegue escenográfico, números musicales complejos, un nutrido elenco con muchas figuras conocidas o una gran orquesta, Papaíto Piernas Largas se inclina por la puesta en escena intimista, de impronta romántica, en la que se crea una suerte de embrujo gracias a la acertada utilización de unos pocos y oportunos recursos. Así, el resultado no es un musical bueno; es uno encantador.

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