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Parodia Groovy
Westworld (2016-2018). Serie creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy, producida por HBO. Con Anthony Hopkins, Evan Rachel Wood, Ed Harris, Jeffrey Wright.         
 
Unas manos fabricadas en alguna especie de material sintético, con sus huesos y tendones desnudos, abandonan la pianola que comienza a tocarse sola gracias a la melodía codificada en el papel perforado... y comienza Westworld. La serie estelar de HBO, que recién termina su segunda temporada, es una (muy) libre adaptación de la película Westworld (1973) de Michael Crichton, en la que un virus informático hace que los robots (los anfitriones) de un parque de atracciones ambientado en el Viejo Oeste se rebelen contra sus visitantes humanos (los huéspedes). El parecido de la serie con el film de Crichton es, sin embargo, superficial, de la misma manera que los robots de Crichton imitan a los humanos sólo de manera superficial.
 
La nueva Westworld, cuya violencia gráfica remite al cine de zombis antes que al western, pone en el corazón del conflicto la búsqueda de la autoconciencia por parte de los anfitriones, todo gracias a una suerte de glitch incorporado por uno de sus creadores (Arnold) en la mente de los robots: las “ensoñaciones”, los fragmentos de vidas pasadas que regresan como ecos, como iteraciones y que, ocasionalmente, los puede llevar o bien a la locura, o bien a la conciencia de sí mismos. Los anfitriones viven muchas vidas, o mejor, muchas versiones de la misma: su existencia se reduce a un loop interminable donde se repiten las mismas narrativas, los mismos roles, el mismo libreto. El despertar de la autoconciencia aparece metaforizado como la búsqueda del centro de un laberinto al que se llega con la acumulación de los dolores, las pérdidas, las miles de muertes que terminan en un quirófano donde las pilas de cadáveres nunca llegan a descomponerse. Encontrar la autoconciencia es salir de la narrativa, del loop, de la red de iteraciones.
 
La serie se nutre principalmente del “animismo tecnológico” que alimenta a films como Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995). Al igual que en esos referentes, aflora en ella una visión subjetiva del mundo y de la propia existencia como alternativa de vida al desengaño de lo factual.“¿Qué importancia tiene si no notas la diferencia?”, es una pregunta que persigue a humanos y robots; a los primeros, porque les permite experimentar el odio o el deseo hacia esos seres mecánicos humanizándolos (es el conflicto del obsesivo hombre de negro -Ed Harris-, huésped que pasa del enamoramiento al sadismo y se convierte en el villano del parque); a los segundos, porque, a pesar de saber que sus recuerdos y sus historias son implantadas por otros, deciden aferrarse a ellas aún frente a la posibilidad de escapar del parque (la anfitriona y madame del saloon Mariposa, Maeve - Thandie Newton-, antes que huir a la libertad, prefiere volver por la hija que le fue asignada en una de sus narrativas pasadas)
 
La diferencia entre las mentes de los huéspedes y las de los anfitriones es la que existe entre lo analógico y lo digital: una memoria difusa y nebulosa frente a una memoria perfectamente eidética que reproduce los recuerdos con absoluta fidelidad. Por eso, los robots son incapaces de separar percepción y memoria, presente y pasado. “¿Esto está sucediendo ahora?”, es la pregunta que se hace una y otra vez Dolores (Evan Rachel Wood), la hija del granjero. Y la pregunta se la hace también el espectador, en una trama que se brinda hecha jirones, descompuesta en pequeños fragmentos que hay que encastrar correctamente para tener la imágen completa. Las “ensoñaciones” hacen que los anfitriones confundan el antes y el ahora, de la misma forma que el relato lo hace con el espectador, y allí radica la destreza narrativa de sus realizadores, en tender la trampa de un montaje paralelo que se compone de escenas que pueden estar a 30 años o a 30 minutos de distancia. La revelación llega en el personaje del hombre de negro, quien se convierte en la pieza clave de un relato hecho rompecabezas, o mejor, hecho laberinto.
 
Si en la primera temporada el corazón del conflicto aparece en la búsqueda de la autoconciencia, en la segunda se encuentra en la búsqueda de la inmortalidad; ya no se trata de robots que pueden llegar a ser humanos, sino de la posibilidad de que los humanos, una vez digitalizados, se conviertan en robots. Desde el primer capítulo, el tiempo se ramifica (incluso fuera del parque) en el personaje de Bernard (Jeffrey Wright). La pregunta por el antes y el ahora se desplaza a Bernard y HBO dobla la apuesta aumentando los saltos temporales (cabe recordar que Jonathan Nolan es coautor, junto a su hermano Christopher, del enmarañado film Memento, del año2000), las historias paralelas y los pasadizos del laberinto narrativo. Una de esas historias paralelas, quizá la más brillante de la serie hasta la fecha, es el octavo capítulo de la segunda temporada, “Kiksuya” (“recuerdo” en lengua lakota), una historia de amor protagonizada por el anfitrión nativo Akecheta (Zahn Mcclarnon), jefe de la “Nación fantasma”, quien busca el centro del laberinto en sus propios términos, explicándolo para sí y para otros a la manera de un antiguo mito compuesto por puertas ocultas, reencarnaciones, pasajes al inframundo.
 
El laberinto del relato se expande y permite imaginar cientos de historias paralelas a futuro, sumando a ello la revelación de, al menos, dos parques más: el mundo Shogun, ambientado en el Japón del período Edo (y que ya apareció como espejo, como iteración de las historias y los personajes de Westworld en clave japonesa) y el mundo Raj, inspirado en la India colonial. Cualquier mención a la serie estaría incompleta sin hablar de la música que aparece ante el espectador como eco de melodías ya conocidas. El responsable es Ramin Djawadi (famoso por su trabajo en Juego de Tronos), quien reinterpreta clásicos del rock de Radiohead, Rolling Stones y Nirvana, entre otros, algunos de ellos al estilo de la antigua pianola de saloon del western o en los aires propios de la música tradicional japonesa e india.
 
Para el mundo creado por la serie, las diferencias entre humanos y robots se diluyen, incluso en lo más fundamental; el ser, para el personaje de Ford (el siempre impecable Anthony Hopkins), co-creador y mente maestra del parque, aparece como una ilusión, como una historia que el hombre se cuenta a sí mismo: los humanos viven también en loops, tanto o más predecibles que los de los anfitriones. Y esto queda patente cuando, en el último capítulo de la segunda temporada, cada uno de los huéspedes que ha pasado por el parque aparece codificado en breves algoritmos de 10.247 líneas consignados en pequeños volúmenes de una gran biblioteca. Una iteración más: las páginas de esos volúmenes no son otra cosa que papel perforado, idéntico al de las pianolas que han aparecido desde el primer opening del show.
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