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Construir desde la falta
BinBin. Artista: Ángeles Ascúa. Equipo de trabajo: Claudia del Río. En Gabelich Contemporáneo. Pueyrredón 611, Rosario, Santa Fé. Entrada libre y gratuita.

 

“Treinta radios convergen en el buje de una rueda,
y es ese espacio vacío lo que permite al carro cumplir su función.
Los cuencos están hechos de barro hueco
y gracias a esta nada cumplen su función.
Puertas y ventanas se abren en las paredes de una casa,
y es el espacio vacío lo que permite que la casa pueda ser habitada.
Así, lo que es sirve para ser poseído.
y lo que no es, para cumplir su función.”

Lao tse, Tao Te Ching

 
 
Gabriela, la dueña de Gabelich Contemporáneo, espera al visitante con el desayuno servido en la mesa, tras bambalinas. “¿Qué querés? ¿Un café? ¿Un vino? ¿Una copa de champagne?”, pregunta. Ante la negativa lo invita a recorrer la sala y le indica que se ponga unos guantes blancos para poner el tacto a jugar. La sala de la casa antigua es transformada en un camino de obras dibujado como una pincelada sentida: el pincel deposita tinta densa al apoyarse en algunos lugares, en otros solo roza, deja una estela de color. Ángeles Ascúa trabaja una paleta de colores increíble, con papeles y pinceles fabricados artesanalmente para ella en los mercados de China. Lo que logra construir en tinta, fibra y acuarela recuerda al colorido de Juan Grela, y las formas orgánicas y enredadas, a las esculturas de Enio Iommi, personajes que la joven artista admite rememorar con cariño.
 
Quizá en la simpleza de sus formas se acuna la esencia de lo que alguna vez quiso develar en “Piel de empedrado, corazón de leche y de trigo”, la muestra realizada en el marco de la Bienal de Arte Joven 2017: el núcleo duro de Rafaela como ciudad y como entidad, núcleo que moldeó y construyó su mirada del mundo como artista. Ángeles siempre cuenta el importante papel que encarnó el Carnaval de los “locos bajitos” en su vida, la nieve en spray, las bombuchas, la yerba, el azúcar. Y, una vez más, lo artesanal: su mamá confeccionando los disfraces de Gatúbela y de gallo para ella y su hermana. Hoy, su experiencia en China prefiere plasmarla en la sencillez de las formas, en el colorido de sus fibrones, en las transparencias entre plano y plano.
 
Es curioso que el pensamiento oriental, en oposición al occidental, se construye alrededor del concepto del vacío, de lo hueco, lo deshabitado. Es curioso también saber que Rafaela está a su vez construida alrededor de la falta: la falta de origen, la creación organizada por hechos carentes de repercusión. Rafaela no fue fundada, fue formada. “Ahí no hay nada: ni agua buena, ni madera; sólo algunos matorrales, exceso de calor y viento norte”, afirma la artista. En los dibujos de BinBin pasa lo mismo cuando las transparencias se vuelven obvias y siempre dejan entrever surcos y colores, capas y capas, planos y planos. El mismo patrón se repite al escribir en chino mandarín, porque cada carácter es construido por tinta y no-tinta, se lee como un concepto abstracto, y se concatena con otros caracteres para formar palabras. El gesto es importantísimo: no da igual cómo se apoya el pincel, ni da igual por dónde se empieza a escribir. Algo similar sucede en esta muestra.
 
Al finalizar el recorrido, Gabriela pregunta al público qué le pareció y entiende que quedar sin palabras puede ser una respuesta válida. En Piel de empedrado, corazón de leche y de trigo el borbotón de tinta se acumuló para mostrar la médula de Rafaela; en BinBin se busca  relacionar la simpleza de una ciudad no fundada, sino formada, con un mundo oriental que dialoga también a través de trazos, colores y formas. Ese mundo se deja ver en las transparencias que Ángeles insinúa en todos los dibujos. El sello que le regaló su papá en el que la simpleza de tres pictogramas traduce su nombre sólo a partir de sílabas, omitiendo llenar el hueco del significado. El vacío del que siempre nos habla oriente, el mundo que se construye a partir de faltas.
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