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Diálogos entre dos mundos
Historia de dos mundos. Arte experimental latinoamericano en diálogo con la colección del MMK 1944 -1989. Curaduría de Victoria Noorthoorn, Klaus Görner y Javier Villa. En Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Av. San Juan 350. Desde el 13 de julio hasta el 14 de octubre. Martes a viernes 11:00 a 19:00 H. Sábados, domingo, feriados 11:00 a 20:00 H. Lunes cerrado (excepto feriados).
 
Hace ya tiempo que el museo dejó de concebirse como “panteón de musas” y hoy en día los espacios museísticos emblemáticos de la Ciudad de Buenos Aires se acomodan a las transformaciones que ocurren a nivel mundial. Además de intervenir desde el presente en la relación que las sociedades tienen con el pasado, los museos contemporáneos son también un espacio de socialización y ya no sólo de contemplación. En algunos se interrumpe el conservadurismo cronológico con la intervención de obras contemporáneas dispuestas en salas temáticas y, en otros, este cambio se traduce en una ampliación del establecimiento con una cafetería al servicio de los visitantes. También, para ampliar la cantidad de público y expandir la actividad institucional, el acervo de obras de algunos museos sale de gira y es recibido en países de diferentes continentes.
 
Este es el caso del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) que reabrió sus puertas con una muestra llamada Historia de dos mundos, un diálogo entre las obras del Arte Moderno y la colección de obras europeas y estadounidenses del Museum für Moderne Kunst de Frankfurt (MMK). El planteo de esta exposición propone guiar de manera pedagógica a los visitantes por los distintos núcleos, desde el arte destructivo, el período concreto, el pop, hasta el arte político y conceptual, y así hacer converger ambos patrimonios. Entre las distintas salas existe una suerte de reencuentros estilísticos entre las dos series de obras y a la vez un paralelismo debido a las guerras mundiales y al período de entreguerras.
Pero, ¿cómo abordar una muestra que implica semejante empresa? Una lectura posible de la curaduría, llevada a cabo por Victoria Noorthoon (quien también hizo dialogar las obras del Moderno con las del Deutseche Bank en 2014 cuando montó la bellísima El círculo caminaba tranquilo), Klaus Görner y Javier Villa, podría comenzar dando cuenta de un proceso de subjetivación en el arte que se inicia con la experimentación de los artistas consolidados del grupo Frente en 1954 (Iván Serpa, Lygia Clark, Helio Oiticica, Lygia Pape, entre otros artistas), quienes trabajaron, entre muchas posibilidades, la delimitación de las geometrías en  movimiento adentro del cuadro y la separación de las figuras entre sí. Sin embargo, la subjetividad que proponen los distintos artistas se puede apreciar con toda potencia en la película de Lygia Pape llamada “Ballet neoconcreto” (1959). Allí las figuras geométricas adquieren movimiento y se desplazan hasta agruparse. En esta misma serie, se ubican las obras de Morris Louis (EEUU) y Blinky Palermo (Alemania); este último trabaja la mímesis de un triángulo que es presentado por separado del que está contenido en la tela original.
 
En esta sala, que incluye asimismo el arte destructivo, aparece la separación, la deformación y la violencia en algunas obras. Es estelar la presencia de dos miembros de la Nueva Figuración en un juego dialógico y tenso: el argentino Luis Felipe “Yuyo” Noé y el irlandés Francis Bacon. La idea de estos artistas era incorporar técnicas del informalismo a sus propios trabajos, para lo cual se interviene en diferentes sesiones la obra, hasta llegar a la forma buscada. La obra de Noé “Imagen agónica de Dorrego” (1961), perteneciente a su serie informalista “Federal”, le sirvió a “Yuyo” para trabajar el proceso de figuración que nace desde la abstracción hasta la buena figura. Esta búsqueda está en línea con “Nude” (“Desnudo”, 1960) de Francis Bacon, cuyo trabajo consistió en generar un efecto inverso al violentar la imagen hasta desfigurarla. La serie se completa, como menciona el texto curatorial, con el retrato del Papa Inocencio X, la obra sobre el pintor español Diego Velázquez y otras piezas de desnudos, en las que Bacon avanzó con esa práctica figurativa expresiva.
 
En esta muestra también tiene su espacio la subjetividad en la cotidianeidad, en las obras de Beatriz González y Pablo Suárez. En la primera, llaman la atención dos objetos ‒una cama y una cortina de baño‒ que se convierten en soporte de la representación de escenarios políticos y civiles, mientras que, en la obra de Pablo Suárez, la cotidianeidad encuentra su temporalidad en un pasado remoto que aparece con una fuerza destellante y viva en la pintura hiperrealista sobre su hogar.
En el mismo sentido, el pop norteamericano de la década del 60 se planta como un discurso contrario al consumo elitista del arte y los artistas ubicaron productos cotidianos estéticamente aceptables como obras de arte. Así, las “Brillo Soap Box” (1964) y la “Kellogg’s Corn Flakes Box” (1964), de Andy Warhol, son obras que pretenden romper con el canon de lo que es y no es considerado arte. Desde una mirada crítica, el pop latinoamericano aprovecha estos usos conceptuales para denunciar el avance capitalista durante la represión militar que instauraba el modelo económico de importación de productos provenientes de Estados Unidos. En este punto, resultan emblemáticas las producciones de Antonio Caro “Colombia” (1976); de Clido Meireles, “Proyecto Coca – Cola” (1970) y “Mancha de sangre” (1966) de Ricardo Carrera: una simulación de una mancha de sangre que forma el mapa de los Estados Unidos, síntesis conceptual y política del epicentro del consumo y del horror en América Latina.
 
La sala continúa por la problemática latinoamericana en las obras que abordan la cuestión de la fragilidad de la vida en períodos turbulentos de fascismos de mercado. En “Dos obras: Manifestación de Madres de Plaza de Mayo”, de Aldo Sessa (1983) y “Siluetazo”, de Eduardo Gil (1983), se impulsa la participación colectiva de la sociedad como forma de resistencia. Por este compromiso con lo real la materialidad artística de las imágenes se esconde para poner en escena la relevancia de la unión entre individuos ante un cuadro de violencia estatal.
El arte retoma su propio lenguaje y reflexiona sobre su praxis al unirse con la vida de la mano de las obras de Alberto Greco (establece un diálogo en esta sala con las obras del artista brasileño Flavio de Carvalho), quien recorre España haciendo sus “Vivo Dito” (1963), fotografías del artista por las calles españolas. Aquí el artista utiliza un cartel firmado por él para indicar que las parcelas de una ciudad española son obras de arte y, con el mismo fin, dibuja un círculo alrededor de las personas que por allí transitan, con una tiza. Con elementos pictóricos Yves Klein invita al público a participar de una experiencia monocromática y performática que consiste en pintarse el cuerpo de azul y apoyarlo sobre el lienzo para dejar la marca azulada, la cual reemplaza la pincelada sobre la tela. Por otro lado, este artista también experimenta con la sensación de vacío en otra pieza: “Dimache – Le journal d’ un seuljor” (“Domingo – Diario de un día solo”, de 1960), incluida en esta exhibición.
 
En el mismo espacio otras unidades de trabajo sirven como materiales para dar cuenta de un contexto social particular. La caligrafía de la artista Teresa Burga y Margarita Pakso, ambas latinoamericanas, deja el testimonio con su puño y letra de la etapa más oscura de sus países. Al final del recorrido aparece el tiempo como otro elemento central de producción en las obras del artista argentino Edgardo Antonio Vigo y del artista conceptual japonés On Kawara, que, como señalan los curadores, “entendían la subjetividad como una construcción en el tiempo, y al señalar su paso sus obras se convirtieron en un registro o una afirmación de la propia vida y su inminente extinción”.
 
El norteamericano Arthur Danto reflexionaba en Después del fin del arte (1977) que en el período poshistórico del arte en los museos “todo tiene su propio lugar” y ya no existe un relato a priori o un criterio que establezca cómo una exposición debe verse. En el museo hay vida y libertad. El arte del pasado se encuentra referido en el arte del presente. Para los artistas contemporáneos, el museo conserva el arte vivo que ellos pueden tomar para ampliar sus posibilidades discursivas, y los curadores pueden resignificar un conjunto de obras y defender una tesis. Así las cosas, la propuesta colosal de Victoria Noorthoorn, Klaus Görner y Javier Villa es una demostración de esa vitalidad en la relación entre dos mundos del siglo XX que se cruzan, se miran, arman coincidencias y trazan paralelismos y tensiones. Se trata de una propuesta de intercambio estético y socialización que vale la pena explorar.
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