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En clave escarabajo
Las fiestas del solNora Fiñuken, Buenos Aires, Nulú Bonsai, 2018.
 
El escarabajo pelotero es un coleóptero que tiene la particularidad de alimentar a sus larvas con caca. Sí, sí... el macho, con sus patitas, hace una bola de estiércol y la transporta hasta su guarida. La hembra, luego, entierra los huevos dentro de la bola y crecen encapsulados allí, lo que les da a las larvas un aspecto similar al de las momias. Es probablemente por esta razón que el escarabajo es un animal asociado a los procesos de transformación y resurrección. En la pintura egipcia los escarabajos llevan el sol entre sus patas: vuelven de la noche y renacen de su propia descomposición.
 
Aunque dé impresión, la transformación es natural, y, sobre todo, ineludible. Con esa tranquilidad que trae lo inevitable escribe Nora Fiñuken en Las fiestas del sol, primer libro de esta poeta de Lobos, editado por Nulú Bonsai. Nora tiene la habilidad de referir con ligereza procesos dolorosos, lo que no les quita densidad, pero ayuda a digerirlos. En “Instrucciones para convertirse en escarabajo pelotero”toma la creencia egipcia y hace que el escarabajo encarne estas cuestiones: “Es volver acá/al mismo punto del que partí/pero siendo otro./Un escarabajo en fin, pero otro./La transformación continúa/no nos hace mejores,/sólo coherentes con la realidad”. Las cosas duelen más si nos cegamos, nos volvemos incoherentes al negar el “escarabeo”, la conciencia de la transformación, del ciclo de la vida. Si se acepta que eso es lo que toca, no queda otra que entregarse a ser transformados, por el amor o por la muerte, que en un punto son lo mismo.
 
Leer este libro es entrar en ese juego de opuestos, la luz y la oscuridad, el sonido y el silencio, el nacimiento y la muerte. Las fiestas del sol deben ser danzas, un baile en el que se van desplegando las posibilidades de movimiento entre estos polos, que siempre están cerca, que están mezclados. El saber que nada es fijo, que lo que está podrido está vivo. Que el agua es la fuente de vida y también se estanca y se convierte en veneno. A lo largo de las páginas aparecen indicios que forman parte de ambos mundos, que de alguna forma son el mismo: el sexo, un moretón, la marca de un golpe. La cultura occidental se resiste a esta amalgama. Pero el puntito negro del yin está en la fuerza blanca yang, y al revés también. Por ejemplo, en “Los veraneantes”: “y a veces cuando caminamos por la costa/sentimos ese olor fétido de desagüe/y sospechamos la cloaca/pero nadie se anima ni a pensarlo/frente a la tarde enorme del mar”. O en “Todas las fichas atrás”: “Pienso en vos/en las dos caras que la muerte/me regaló de vos, /ya nunca más voy a poder verte sin ellas/ahora son como un cristal que te atraviesa/y te desdobla”.
 
En Las fiestas del sol hay un sendero de lectura marcado por las flores y las plantas. Jardines de hiedras en Buenos Aires, plantas que atraviesan el cuerpo, eucaliptus de palabras, camalotes en los ojos, raíces que nos aferran a nuestra identidad. El libro abre con las camelias, flores del nacimiento, de la belleza en estado puro; luego se nombran las calas, flores para los muertos; finalmente, la madreselva, que en su abrazo se aferraba a lo que sea con tal de sobrevivir, desaparece. El primer poema, “La fiesta de las camelias”, condensa tan brevemente y tan bien todo lo que sigue que el libro podría terminar ahí:
 
“mi mamá y yo
esperamos que florezcan
las camelias
para poder verlas
 
no importa otra cosa
más que las camelias
este invierno
 
pero no aprendemos
a esperar
 
cortamos los tallos
y los tiramos al fuego
 
este invierno
no habrá nada
más perfecto
que el fuego.”
 
Además, el nombre del libro y el del poema tienen la misma estructura: las camelias, como flores de inicio y de la vida, reemplazan al sol. Pero en el poema se queman y se convierten en fuego. Es tan frágil la vida, o tan fuerte, que en un abrir y cerrar de ojos muta en otra cosa.
 

Alguna vez se habrán sentido los muertos/soleados y frescos/debajo del viento” no es una pregunta, es una afirmación. Los que mueren son los que no hablan de los muertos, los que no los recuerdan. Las fiestas del sol es un llamado de atención a los vivos para hacernos estar alerta de que respiramos, de que estamos acá en esta vida, en este vaivén.

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