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La urdimbre de Sherezade
El hilo fantasma (Phantom Thread. Estados Unidos, 2017). Dirección, guión y dirección de fotografía: Paul Thomas Anderson. Con Daniel Day-Lewis, Lesley Manville y Vicky Krieps.


 

 
 
Una evanescencia atonal serpentea por tinieblas densas que se despejan parcialmente y nos permiten adentrarnos en el film. Aparece ante nosotros un rostro en tres cuartos de perfil teñido por una mezcla de ocres que provienen de la luminiscencia de un fuego cercano que se deduce. En su pelea contra la penumbra modelan la imagen de quien podría posar para un retrato renacentista. Es la de ella, la de Alma, la imagen que primero vemos y la voz que primero oímos: “Reynolds ha hecho que mis sueños se hagan realidad y yo le he dado a cambio lo que más desea: cada parte de mi”. La afirmación es para un tercero que está fuera de campo, pero bien vale como confesión hacia nosotros. El hechizo se rompe y la sierpe musical, criatura nacida de Jonny Greenwood para la ocasión, se transforma en melodía de piano. La película abandona su preludio, cambia de ritmo y descarga, de a poco, el peso de su argumento. Serán ciento treinta minutos sin concesiones que a Paul Thomas Anderson, director y guionista, no le interesa tener.
 
Diálogos descarnados, silencios intensos, y ruidos ambientales que se incorporan a la sonoridad de los textos como los instrumentos que Ravel añadía a su Bolero cosen una historia que juega al equilibrio entre el romance y el drama psicológico. La trama es complejamente simple: Reynolds Woodcock (interpretado magistralmente por Daniel Day-Lewis) es un exitoso diseñador de alta costura en la Londres de los años cincuenta cuyo temperamento obsesivo lo convierte en un ser perfeccionista y solitario. Es secundado eternamente por su hermana Cyril (Lesley Manville) quien hace las veces de directora del atelier y de custodia del corazón de Reynolds: es ella la que les muestra la puerta de salida a las amantes pasajeras que aburren invariablemente al genio creativo. Todo esto cambia cuando el diseñador visita las afueras y posa sus ojos en Alma (Vicky Krieps) una mesera de pueblo que encarnará a su musa de turno y que luchará contra su destino de descarte. Sin embargo, la aparente simplicidad del guion despliega una coloratura que relativiza la obviedad: ni el diseñador es tan fuerte como aparenta, ni su hermana es una mera presencia decorativa (la potencia actoral de Manville es decisiva en este sentido) ni Alma es una modelo sumisa. Hay entre ellos un nexo invisible, un hilo fantasma, que se presiente desde el comienzo y que irá desenrollándose conforme avanza la historia hasta soltarse del carretel en un desenlace que rinde sentido homenaje al ineludible Alfred Hitchcock.
 
El resultado es una obra compleja que juega a lo flemático desde una tensión permanente donde nada es lo que parece y todo lo es. El punto culmine, la secuencia en la que queda claro que el quiebre es inminente vuelve a situarnos entre ocres y oscuridad. Aquí, la Madonna del comienzo devino en una Sherezade que eludió su suerte con armas que acaban de descubrirse. Justo entonces, en el instante decisivo y cuando se acabó el oxígeno llega la bocanada de aire fresco, y el lazo se rompe o se consolida según con qué hebra del mentado hilo quiera quedarse el espectador.
 


 

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