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Error nuestro de cada día
En este ensayo breve, la autora revisa la trayectoria del colectivo artístico Etcétera, luego convertido en la Internacional Errorista, y su concepción estética y performática.  
 
En el año 2005 durante la Cumbre de las Américas realizada en la ciudad de Mar del Plata, el presidente Bush llegaba a la Argentina con el firme propósito de “aconsejar” a los países del Cono Sur acerca de la amenaza terrorista. La ciudad se encontraba sitiada por infinidad de policías y dispositivos de seguridad de última generación. Bajo este panorama otra cumbre denominada “De los pueblos” formada por artistas, ONG y organismos de derechos humanos hacía de fuerte contra punto. Etcétera, el colectivo interdisciplinario nacido en Buenos Aires a mediados de los noventa, también formaba parte de la contra cumbre y en este contexto decidieron representar una de sus corrosivas performances por las cuales se ganaron un lugar dentro del llamado arte comprometido.
 
Vestidos a la usanza árabe y desarrollando un acting defensivo, el grupo se hizo presente en la apertura del encuentro, con armas de cartón y carteles “anti-cumbre”. Primero, fueron rodeados por policías en la creencia de que estaba teniendo lugar un atentado, pero una vez cerca se dedujo que todo era un montaje. Eran actores, músicos y artistas plásticos que a través de esta acción intentaban visibilizar innumerables injusticias. La idea en cuestión era producto de un integrante del colectivo y llevaba como título “Teatro y terrorismo”, pero al ser presentada al resto en un documento escrito, por algún error insospechado el título mudó de nombre a “teatro y errorismo”. El término dió lugar a un nuevo “ismo” el cual, seguido por un manifiesto acorde, reivindica el error como forma de vida y el Colectivo Etcéteracambia entonces de nombre a Internacional Errorista. 
 
¿Surge la pregunta de por qué un “ismo” a esta altura de la historia, ya entrado el siglo XXI?  ¿Es una necesidad de definición del arte que se renueva o tiene que ver con otros temas?  Porque cada “ismo” era la expresión de un grupo de artistas que sostenían una concepción compartida del arte y como tal sus manifiestos describían uno a uno las normas y límites de lo posible. Pero el arte contemporáneo no tiene esa necesidad de definición; de hecho, el corrimiento actual de los límites da cuenta de eso, entonces resuena con más fuerza la sospecha por el surgimiento de este nuevo “ismo”. Este colectivo de artistas explicita su admiración por el dadaísmo y de alguna manera también la continuación de su legado. ¿Pero no resulta llamativo que mientras unos invitan al azar otros invitan al error? El azar ampliaba las posibilidades de lo decible al incorporar la emergencia de “otros mundos” y producía una expansión del universo al integrar en las obras elementos que provenían de otras esferas.
 
Por su parte, el error puede ser visto como “acto fallido” que da cuenta de algo inconsciente silenciado o se lo ve como fatalidad y es allí cuando deja de tener un lugar creativo para convertirse en algo vedado. Desde esta última noción el error entorpece los procesos y por ende se lo trata de evitar. Los artistas dadá intentaban expandir el mundo, mientras los erroristas piden espacio para contrarrestar el fanatismo por la perfección y la rigidez, que busca el correcto engranaje de sus partes, para que las mismas actúen de manera encastrada y ajustada. Si reivindicar el error es pedir espacio para salirse de esta lógica, ¿es que se produjo una especie de constricción? Y si es así, ¿está en relación con lo que J. Rancière denomina “régimen estético del arte”? ¿O sea con la relación particular entre estética y política, que determina una específica configuración de lugares y posibilidades?
 
Luego de la caída del muro de Berlín el único sistema en pie en casi todo occidente es el capitalismo que, al reconocerse como único vencedor, recrudeció sus tácticas y costumbres al máximo posible. Su forma de operar establece una analogía tiempo-dinero, que es la trampa por la cual todo se optimiza para obtener la mayor ventaja posible. Estos métodos abarcan los más diversos emprendimientos en el objetivo de que todo “funcione como empresa”. Así el movimiento errorista se rebela contra un capitalismo cada vez más opresivo y asfixiante. En su manifiesto puede leerse: “Hoy día el sistema manipula y organiza para su propio beneficio los ‘aciertos’ de la gente común llamándolos ‘errores’ y disfraza sus propios ‘errores’ de ‘aciertos’. Entonces el sistema capitalista se coloca como el más difundido ‘acierto’ disfrazado del más grande ‘error’. Pero errar es humano. ¡Imposible controlarlo, el error estará siempre presente!”
 
 

 

A pesar de todos los dispositivos de seguridad con que contaba la famosa cumbre, un grupo de artistas llevaron a cabo la escena temida, dándole entidad y habilitándola como posible. La fuerza de este colectivo no se produce desde el ensamblaje de elementos distintos sino a partir de encarnar aquello que se quiere ocultar. Su acción es de una contundencia que, como un reverso, devuelve la pregunta acerca de qué lugar asume el arte si el objetivo primordial es la búsqueda de la perfección y el error está visto cómo fatalidad.  Continuando el pensamiento de Rancière, el movimiento errorista persigue la necesidad de recomponer espacios políticos. A través de sus manifestaciones intenta eludir la indeterminación del arte actual y llevar a cabo la compleja tarea de reconfigurar el mundo en que vive. 

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