Búsqueda
críticas
Una revisión histórica de la marginación
Traigan a mi noche marginal furibunda el corazón de Jean Genet. Actúan: Daniela Duna/Diseño De Sonido: Martin Loiacono/Video: Valentina Cayetano Kelly/Diseño gráfico: Maggie Helou/ Dirección: Miguel Zeballos/ Duración: 60 minutos.
 
¿Quién fue Jean Genet? ¿Quién es, hoy, Jean Genet? ¿Por qué sus escritos hacen eco todavía? ¿Cómo puede volver a escena? Todas estas preguntas en torno a la figura de uno de los escritores malditos más famosos y controversiales del siglo XX resurgen a partir de Traigan a mi noche marginal furibunda el corazón de Jean Genet, obra de Miguel Zeballos, interpretada por Daniela Duna y con la presencia de Martin Loiacono en escena, quien se ocupa del dispositivo sonoro de la obra.
 
Volvamos: Jean Genet es hoy una figura olvidada, enterrada, desperdigada en un mundo de fragmentos y fraseos vacuos. Es, quizá, alguien que se lee como se lee a Artaud: desde el estudio de escritos maravillosos, deslumbrantes, brillantes, de mentes fuera de serie; es decir, marginados. De aquí que Daniela Duna (que es Jean Genet en la obra, algunas veces, y otras veces es Daniela hablando de Genet, o alguien pensando sobre el mundo) crea un diálogo entre ambos artistas como si se tratara del apartado de un libro nunca escrito.
 
Pero hay una diferencia fundamental entre estos dos escritores malditos: mientras que Artaud sufría de una psicosis que lo empujaba hacia el vacío constantemente, no pudiendo reconciliar el cuerpo con el pensamiento –y volviendo al lenguaje tan enrarecido como imposible, al punto de que fuera completamente desconocido, incluso para él mismo–, Genet contenía en el lenguaje todo su pensamiento, estallando el sentido de las palabras (como todo buen poeta) pero sin que estallara el sentido palpable, pudiendo articular el lenguaje con la realidad.
 
Y es entonces cuando es posible reflexionar acerca de por qué sus escritos hacen eco todavía –así como sucede de manera tan tangible con Foucault, quien de modo similar y por la misma época se preocupó y se ocupó de socavar las leyes que rigen el supuesto orden social–: su cimentación en el mundo moderno se corresponde exactamente con el mundo que nos atraviesa. Genet escribía desde su posición de marginal; acusado por una madre prostituta, sin padre, recayendo en una familia sustituta, habiendo elegido ser un ladrón empedernido desde joven, prostituyéndose, paseando entre cárceles, formando parte del ejército, y enamorándose de un funámbulo (vaya paradoja…), fue tejiendo a lo largo de su vida un sinfín de efectos sociales, que se emparentarían con patologías y sodomía por aquellos años. Esas especies de rebeldías, como se entendían, contra el orden social, le permitieron desestructurar el entramado de valores que hacían (y hacen) a una sociedad asentada bajo una moral religiosa y que exista un intento de deconstrucción de ese mismo entramado en la actualidad.
 
Vuelve Genet, en una furibunda alzada del terror en el mundo. Vuelve para hacernos ver que siempre sucedieron estas cosas (terrorismo “de estado”, marginación y racismo, castigo por salirse de las normas, condena hacia los in- y amorales, destilación de sujetos por medio de torturas y aislamiento para la purificación de los estados, etc.), y que siempre van a suceder mientras existan las jerarquías y el poder verticalista que todo lo puede.
 
Las imágenes que se proyectan en un panel sobre la pared, al fondo de la representación, son fotografías y videos que dan pie a la reflexión de la actriz y del espectador. Son impresiones de la crueldad, prueba de su recrudecimiento histórico al que es sometido el mundo: ¿es más cruel un asesinato cometido por un terrorista (como se lo entiende en sentido amplio e internacional) que aquel cometido por un policía o cualquier cuerpo de fuerza del estado? ¿Es más cruel un robo a mano armada que aquellas torturas ejercidas contra los presidiarios? ¿Es más cruel una matanza en el marco de una guerra que en nombre de la revolución para la liberación de los pueblos?
 
“¿Quién de todos ustedes está a favor de la pena de muerte?... Levante la mano”, dice la actriz a viva voz en el recinto en penumbras. Nadie la levanta. Sería completamente imprudente y antidemocrático (¿antiético?) pronunciarse a favor de la pena de muerte. Pero, en el medio de la obra, se proyecta un video del Che Guevara, ícono de la lucha contra los gobiernos imperialistas asociados al fascismo o al menos al totalitarismo, en el que se puede oír un discurso en el cual llama al pueblo a la lucha armada contra el imperialismo y su mayor exponente, los Estados Unidos de Norteamérica. La proyección pareciera querer ser efectista, generarle un shock al espectador, y en contrapunto con las palabras que pronuncia la actriz en escena es plausible que eso se produzca.
 
Sin embargo, estos fragmentos proyectados en la obra no solamente se pretenden efectistas: son, al mismo tiempo, una excusa que insta a la relectura de discursos especialmente políticos, donde es, en muchos casos, incluso el mismo disfraz el que suele enmascarar el mensaje. El estado de bienestar que planteó el gobierno argentino de turno en plena campaña electoral, ¿es distinto a aquel que otros gobiernos impulsan para la supuesta satisfacción de los pueblos?
 
Los gobiernos populistas (o entendidos bajo este término) se valen del tan aclamado estado de bienestar general del pueblo concediéndole a éste un paquete de respuestas a necesidades, de derechos, de dignidad, mientras se regodean en los sacrificios que ellos mismos deben hacer para que el pueblo tenga “lo que se merece”. No obstante y mientras tanto, los pobricidios y los etnocidios siguen su curso. Cuando el pueblo está contento no se acuerda a menudo de los mapuches hostigados y asediados por los sectores financieros, ni de las personas que contraen enfermedades por agua totalmente contaminada, producto de la expansión de las megaminerías, ni de aquellos que mueren por la irrigación de pesticidas sobre la comida que va a parar a las bocas de los pueblos mismos, ni tampoco de aquellos que siquiera tienen agua potable mientras se desperdician litros diarios de agua dulce en pos de la minería, y otros tantos se venden a las multinacionales y los grandes empresarios del mundo.
 
Si se vuelve al Che, y a su discurso publicado en la revista Tricontinental (La Habana, Cuba, 1967), se advierte un llamado al sacrificio de los pueblos para llevar a cabo la revolución. El discurso que tienen quienes gobiernan hoy nuestro país considera igual de necesario el sacrificio de los pueblos para que el país “salga adelante”. Las muertes en batalla de los pueblos convocados por el Che, ¿son diferentes a las muertes de los pobres, a quienes no les queda más remedio que sacrificarse por el desarrollo de Argentina hoy? ¿Es necesario el sacrificio del pueblo y la condición de posibilidad de muerte que éste conlleva para que los dirigentes se salgan con la suya? Cabe preguntarse si es el sacrificio del pueblo una reivindicación de sus valores y de su fuerza colectiva o si responde a intereses de una porción de la sociedad, cuando éste debe hacerse en pos del supuesto desarrollo de un país, y cuando debe hacerse en pos de la liberación de un país.
 
En ese mismo discurso, se llama a los pueblos a una guerra intelectual contra los combatientes enemigos, y para que esto se efectivice, dice el Che, hay que perturbar cada refugio enemigo, cada espacio de ocio, de paz, de tranquilidad. Hay que someterlos al miedo constante. ¿No es acaso el modo que emplea el terrorismo de estado en la actualidad con sus países enemigos?
 
En esta inteligente obra de Miguel Zeballos, las declaraciones de principios son llevadas al límite y las palabras se resquebrajan en su repetición, develándose, haciéndose evidentes, y permitiendo que la figura de Genet traspase las páginas que lo condenaron a ser solamente un escritor maldito. “Traigan… el corazón de Jean Genet”, que aparezca, que se muestre, que se vea que el aislamiento estuvo siempre presente. Aislamiento del sujeto, aislamiento de la palabra.
 
Como dijo Nacho Levy en CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) el pasado 19 de noviembre de este año, “(…) en nuestros barrios –refiriéndose a las villas– están los libros más difíciles de conseguir: los libros que nunca se pudieron escribir, los libros que nadie quiere mandar a imprimir”. La incomunicación por medio del aislamiento, cualquiera sea su forma, es el terror que infunden los Estados bajo el nombre de orden social y por medio de una democracia que se ampara en sistemas y poderes de marginación social (poder ejecutivo, poder judicial, y poder legislativo). Querer cambiar es querer cambiar el mundo.
Nombre
Email
Comentario